Perspectivas
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Boletín Desde la Cátedra · N.º 1 · Septiembre-Octubre 2026 · Perspectivas · Por Dr. Juan de Jesús Rodríguez Ortiz
En tiempos de respuestas instantáneas y algoritmos que completan nuestras frases, la filosofía enfrenta una pregunta incómoda: ¿qué le debe la universidad a quien la estudia? Este ensayo defiende que le debe, ante todo, la práctica del examen.
Cada semestre, estudiantes de la carrera de Filosofía entran a asignaturas como Ética, Lógica, Metodología de la Investigación o Teoría del Conocimiento. Tarde o temprano, ellos mismos o quienes los rodean hacen la pregunta de siempre: ¿y para qué sirve esto? Es legítimo que se la hagan. Y es deber de quienes enseñamos filosofía responder sin refugiarnos en la vaga idea de que la filosofía «forma el espíritu».
La pregunta por la utilidad
La pregunta por la utilidad es honesta y merece una respuesta honesta. Si utilidad significa una destreza que el mercado paga de inmediato, la filosofía no la ofrece, y pretender lo contrario sería mala fe. Pero existe otra utilidad, más difícil de medir: aprender a distinguir entre lo que creemos, lo que sabemos y lo que nos conviene creer.
Esa distinción es la materia prima de cualquier profesión seria: el médico que duda de un diagnóstico apresurado, la ingeniera que cuestiona un supuesto, el juez que sopesa argumentos contrarios practican, sin llamarlo así, un oficio filosófico.
Cada asignatura de la Cátedra lo cultiva a su manera. La Lógica distingue el argumento válido del que solo lo parece; la Ética da razones de lo que consideramos correcto; la Metodología de la Investigación formula preguntas investigables; la Teoría del Conocimiento, qué justifica lo que decimos saber.
El examen como método
Platón pone en boca de Sócrates, en su defensa ante el tribunal ateniense, una frase que sigue incomodando: una vida no examinada no merece ser vivida (Apología, 38a). Lo decisivo no es la sentencia, sino el verbo. Examinar es someter una creencia a preguntas, buscar sus supuestos, ponerla frente a sus consecuencias y frente a las objeciones de otros. No es un ejercicio solitario ni destructivo. Es una práctica compartida que exige tres virtudes poco frecuentes: la paciencia de escuchar, el rigor de argumentar y el coraje de cambiar de opinión.
Ese es el núcleo de lo que la Cátedra de Filosofía General puede ofrecer: no un catálogo de escuelas y fechas, sino un entrenamiento en el examen. La historia de la filosofía es indispensable, pero como un taller de casos, donde vemos cómo pensaron otros, qué errores cometieron y qué preguntas abrieron. No como un desfile de nombres que se memoriza para el parcial y se olvida en el mismo mes.
Autonomía y comunidad
Kant resumió el ideal ilustrado en una consigna: atrévete a servirte de tu propio entendimiento. Conviene leerla con cuidado, porque pensar por cuenta propia no significa pensar solo. Nadie examina bien sin interlocutores, y por eso la autonomía intelectual se cultiva en comunidad: en el aula, en el pasillo, en la biblioteca, en la conversación entre docentes de distintas generaciones y enfoques.
Una cátedra que se piensa a sí misma como comunidad de investigación ha entendido que enseñar filosofía es, ante todo, practicarla en compañía.
El desafío de las máquinas que responden
Este argumento gana urgencia en una época en que los sistemas de inteligencia artificial generativa producen, en segundos, textos fluidos sobre casi cualquier tema, incluida la filosofía. Para el estudiantado esto plantea una tentación evidente: delegar el pensamiento. Para nosotros es, a la vez, una oportunidad y un deber.
La oportunidad consiste en usar estas herramientas como interlocutores a los que se puede interrogar, contrastar y corregir. El deber consiste en recordar que un texto plausible no es un argumento examinado, y que la fluidez no equivale a comprensión.
Un texto plausible no es un argumento examinado; la fluidez no equivale a comprensión.
Juan de Jesús Rodríguez Ortiz
Lo que una máquina no puede hacer por nosotros es asumir la responsabilidad de lo que pensamos y decidimos. Responder ante otros por nuestras razones es, precisamente, el terreno de la ética.
Enseñar filosofía hoy exige, por tanto, diseñar ejercicios donde el proceso importe tanto como el resultado: discusiones orales, lecturas comentadas, borradores que se defienden y preguntas que no se responden con una búsqueda.
Hacia una cátedra abierta
Todo esto conduce a una idea de cátedra. No la del pedestal desde el cual una voz autorizada dicta el saber, sino la de un punto de encuentro donde la docencia, la investigación y la lectura crítica se alimentan mutuamente. La autoridad académica no desaparece, pero se legitima de otro modo: no por el cargo, sino por la calidad de las razones que sabemos dar y por la disposición a recibir las de otros.
Ese es el horizonte que propongo para esta nueva etapa: una cátedra que conserve la memoria de su tradición y la abra a las preguntas del presente. Que quienes pasen por sus aulas salgan del semestre no con más respuestas, sino con mejores preguntas y con el hábito de no conformarse con las primeras.
La filosofía no se enseña para tener más respuestas, sino para merecer mejores preguntas.
Cierre del ensayo · J. J. Rodríguez Ortiz
Para conversar en clase
- ¿Qué creencia mía llevo años sin examinar?
- ¿Cuándo delegar un razonamiento a una máquina empobrece mi pensamiento, y cuándo lo amplía?
- ¿Qué le pediría a una cátedra que quiera ser una comunidad y no un pedestal?
Referencias
- Kant, Immanuel. «Contestación a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?» (1784). En ¿Qué es la Ilustración? y otros escritos de ética, política y filosofía de la historia. Edición y traducción de Roberto R. Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2004.
- Platón. Apología de Sócrates. Traducción y notas de Julio Calonge Ruiz. En Diálogos I. Introducción general de Emilio Lledó Íñigo. Madrid: Gredos, 1981. Cita por numeración Stephanus: 38a.
Cómo citar este texto
Rodríguez Ortiz, J. J. (2026). ¿Para qué enseñar filosofía hoy? Desde la Cátedra. Boletín de Filosofía, nueva época, N.º 1, septiembre-octubre de 2026, pp. 3-5. Cátedra de Filosofía General, UASD.
Texto publicado originalmente en el boletín Desde la Cátedra, N.º 1 (septiembre-octubre 2026), Cátedra de Filosofía General, Escuela de Filosofía, UASD. Ver el boletín completo · Abrir esta sección en el PDF.

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